LIBRO VII REPÚBLICA – PLATON – Invitación a salir de la CAVERNA : La dialéctica

SIMIL DE LA CAVERNA : 

La caverna -se ha repetido muchas veces- puede compararse a una especie de cinematógrafo subterráneo rectangular en que los prisioneros (desmotai) están sentados de espaldas a la puerta y de cara a una pared (tó katantikry) .Detrás de ellos, a cierta distancia y en plano algo superior -pero dentro del local-, hay un fuego (fhos) encendido, y entre el fuego y los espectadores corta transversalmente la sala un camino (hodós) algo elevado al lado del cual -entre el camino y el público- discurre,también transversalmente, una mampara (teichíon) tan alta como un hombre. De este modo, al pasar personas cargadas por el camino, tan sólo serán proyectadas por el fuego sobre la pared del fondo las sombras de las cargas que ellos transporten, pero no sus propias sombras.Además la pared del fondo tiene eco, de modo que las palabras pronunciadas por los porteadores parecen venir de ella (un Platón de nuestro suelo hubiera supuesto un micrófono conectado con un altavoz).Queda un punto algo oscuro: la larga entrada, (eísodos) abierta a la luz,que se extiende a lo ancho de toda la caverna.Es decir,que es posible salir a la luz del sol desde la cueva- en otro caso,los encadenados estarían condenados a la cautividad perpetua-, pero para ello hay que recorrer un largo y escarpado camino ;cosa natural,pues si la entrada de la caverna estuviera cercana al fuego,la luz del sol que por ella penetrase haría inútil el empleo de la hoguera como medio de proyección.

526c-531e
Segunda disciplina que debería ser objeto de educación por parte de los regentes filósofos: la geometría.

En principio, Glaucón le atribuye su importancia atendiendo exclusivamente a su lado práctico y, por ello, cita a la guerra como ejemplo. Una misma persona, señala Glaucón, procederá en asuntos militares de manera diferente si es geómetra que si no lo es. Sócrates le hace ver que si la geometría tuviera importancia unicamente por su lado práctico entonces sería suficiente con el estudio de una pequeña parte de la geometría y el cálculo. Y lo que que Sócrates quiere analizar es precisamente la mayor y más avanzada parte de ella con el objeto de averigüar si ayuda a contemplar más facilmente la idea del bien. Por todo ello, para Sócrates, la importancia de la geometría en la educación de los regentes filósofos unicamente se puede medir en tanto en cuanto ayuda al alma a contemplar la esencia y el lugar en donde está lo más dichoso de cuanto es. Lo que sucede es que –critica Sócrates- la mayoría considera la geometría desde un punto de vista eminentemente práctico y por ello emplean términos como “cuadrar” o “medir”. Sin embargo, Sócrates considera que es una disciplina que se define esencialmente por cultivar el conocimiento de lo que siempre existe y en, ningún momento, de lo que nace o perece. Por lo tanto, si se enfoca de ese modo su enseñanza es evidente que ayudará a la vuelta del alma hacia la verdad formando mentes filosóficas que dirijan hacia arriba aquello que ahora se dirige indebidamente hacia abajo. A partir de lo dicho Sócrates plantea establecer, por tanto, la geometría como segunda enseñanza para los jóvenes destinados a ser regentes filósofos


Tercera disciplina: la astronomía. De nuevo Glaucón sitúa su importancia en el ámbito práctico afirmando que, gracias a ella, se pueden reconocer bien los tiempos del mes o del año siendo útil para la labranza y el pilotaje, asi como para el arte estratégico. Sócrates intenta poner de nuevo en su lugar la importancia de la astronomía como ciencia educativa. Para ello, en primer lugar, y de modo deliberado, parece retractarse de algo dicho anteriormente. Afirma que despues de la geometría (superficies) pasan a analizar el sólido que ya está en movimimento (astronomía) cuando lo lógica sería estudiar el sólido en sí mismo. Por ello afirma, debería tratarse inmediatamente despues del segundo (geometría), el tercero que versa sobre el desarrollo de los cubos y sobre lo que participa de profundidad (sterometría). Glaucón hace referencia a que todos estos problemas no están en absoluto resueltos. Sócrates reconoce que efectivamente es así y señala las razones: las ciudades no dan importancia a este tipo de investigaciones y, además, en tales investigaciones se necesita un director. Por todo ello, por lógica, despues de las superficies deberían estudiarse los sólidos (antes de la astronomía). Sin embargo, como el estudio en profundidad sobre el tema de los sólidos solamente ha dado lugar a investigaciones ridículas, anteriormente, lo pasé por alto, y, por ello, despues de la geometría situa a la
astronomía que trata del movimiento de los sólidos en profundidad. Por lo tanto, aunque sólo citamos a la sterometría, esta debería ser realmente la tercera disciplina que los jóvenes regentes deberían estudiar, aunque habrá que esperar a mejores tiempos. En este contexto, por tanto, Sócrates, sitúa a la astronomía como cuarta enseñanza aunque dando por supuesto que la ciudad, en un futuro, contará con la disciplina que ahora se ha omitido. {Ver Texto2c}
Sócrates alaba a la astronomía no simplemente porque obligue al alma a mirar hacia las cosas de arriba. Supongamos, afirma, que una persona observara algo al contemplar, mirando hacia arriba, por ejemplo, la decoración de un techo; sería absurdo decir que, por mirar hacia arriba, contempla con la inteligencia y no con los ojos.

Por ello, la astronomía no tiene importancia porque nos permite observar empiricamente las cosas de arriba. Si no ayuda tambien a ponerse en contacto con lo invisible, pobre sería su función. En este contexto, Sócrates señala que una persona, tanto si mira arriba con la boca abierta como hacia abajo con ella cerrada, jamás la conocerá, porque ninguna de esas cosas es objeto de conocimiento, y su alma no mira realmente hacia lo alto.

Según Sócrates para que la astronomía fuera realmente útil como enseñanza debería partir de la aceptación de la premisa siguiente: las tracerías de las que está bordado el cielo son lo más bello y perfecto que en su género existe; sin embargo, por estar labradas en materia visible, desmerecen en mucho de sus modelos verdaderos. Por todo ello, el cielo visible no es más que una hermosa esfera armilar dotada de movimiento del que podemos servirnos para el estudio de la verdadera astronomía. Pero sería absurdo estudiar seriamente los fenómenos visibles de tal esfera pues sería lo mismo que intentar buscar la verdad geométrica y astronómica en unos dibujos.

Por lo tanto, debemos servirnos del cielo unicamente como de un ejemplo que nos facilite la comprensión real del mismo.

En este contexto, por tanto, un auténtico astrónomo sería, según Sócrates, aquel que, al considerar los movimientos de los astros, está convencido que el artífice del cielo ha reunido en él la mayor belleza que es posible reunir en semejantes obras. Sabrá también que la auténtica verdad no reside en sus movimientos ni en sus cuerpos visibles.

Por ello, la astronomía, del mismo modo que la geometría, debería practicarse valiéndose de problemas que ayuden a la investigación de la realidad en sí y se dejará, en un segundo lugar, las cosas visibles del cielo. En relación con la astronomía, Sócrates, trae a colación tambien ciertas teorías de su época relacionadas con el estudio de la astronomía. Señala que para los astrónomos la vista es lo mismo que, por ejemplo, para los pitagóricos, es el oido en la música.

Critica, sin embargo, que los astrónomos se dediquen a estudiar unicamente los movimientos visibles y los pitagóricos al estudio de los movimientos audibles, desatendiendo, en cambio, el estudio de los números y movimientos ideales.

Sócrates señala que mucho más importante encaminar todas estas disciplinas al descubrimiento de la armonía y el movimiento escondidos detrás de lo que se nos manifiesta en el movimiento físico o en el sonido físico.

-Me haces gracia -dije-, porque pareces temer al vulgo, no crean que prescribes enseñanzas inútiles. Sin embargo, no es en modo alguno despreciable, aunque resulte difícil de creer, el hecho de que por estas enseñanzas es purificado y reavivado, cuando está corrompido y cegado por causa de las demás ocupaciones, el órgano del alma de cada uno que, por ser el único con que es contemplada la verdad, resulta más digno de ser conservado que diez mil ojos. Ahora bien, los que profesan esta misma opinión juzgarán que es imponderable la justeza con que hablas; pero quienes no hayan reparado en ninguna de estas cosas pensarán, como es natural, que no vale nada lo que dices, porque no ven que estos estudios produzcan ningún otro beneficio digno de mención. Considera, pues, desde ahora mismo con quiénes estás hablando; o si tal vez no hablas ni con unos ni con otros, sino que eres tú mismo a quien principalmente diriges tus argumentos, sin llevar a mal, no obstante, que haya algún otro que pueda acaso obtener algún beneficio de ellos. ”

-Eso es lo que prefiero -dijo-: hablar, preguntar y responder sobre todo para provecho mío.
-Entonces -dije yo- vuelve hacia atrás, pues nos hemos
equivocado cuando, hace un momento, tomamos lo que sigue a la geometría.
-¿Pues cómo lo tomamos? -dijo.

-Después de las superficies -dije yo- tomamos el sólido que está ya en movimiento sin haberío considerado antes en sí mismo. Pero lo correcto es tomar, inmediatamente después del segundo desarrollo, el tercero. Y esto versa, según creo, sobre el desarrollo de los cubos y sobre lo que participa de profundidad.
-Así es -dijo-. Mas esa es una cuestión, ¡oh, Sócrates!, que me parece no estar todavía
resuelta.
-Y ello, por dos razones -dije yo-: porque, al no haber ninguna ciudad que los estime debidamente, estos conocimientos, ya de por sí difíciles, son objeto de una investigación poco intensa; y porque los investigadores necesitan de un
director, sin el cual no serán capaces de descubrir nada, y este director, en primer lugar, es difícil que exista, y en segundo, aun suponiendo que existiera, en las condiciones actuales no le obedecerían, movidos de su presunción, los que están dotados para investigar sobre estas cosas.

Pero, si fuese la ciudad entera quien, honrando debidamente estas cuestiones, ayudase en su tarea al director, aquéllos obedecerían y, al ser investigadas de manera constante y enérgica, las cuestiones serían elucidadas en cuanto a su naturaleza, puesto que aun ahora, cuando son menospreciadas y entorpecidas por el vulgo e incluso por los que las investigan sin darse cuenta de cuál es el aspecto en que son útiles, a pesar de todos estos obstáculos, medran, gracias a su encanto, y no sería nada sorprendente que salieran a la luz.
-En efecto -dijo-, su encanto es extraordinario.

“Pero repíteme con más claridad lo que decías hace un momento. Ponías ante todo, si mal no recuerdo, el estudio de las superficies, es decir, la geometría.
-Sí -dije yo.
-Y después -dijo-, al principio pusiste detrás de ella la astronomía; pero luego te volviste atrás.
-Es que -dije- el querer
exponerlo todo con demasiada rapidez me hace ir más despacio.

Pues a continuación viene el estudio del desarrollo en profundidad; pero como no ha originado sino investigaciones ridículas, lo pasé por alto y, después de la geometría, hablé de la astronomía, es decir, del movimiento en profundidad.
-Bien dices -asintió.
-Pues bien -dije-, pongamos la astronomía como
cuarta enseñanza dando por supuesto que la ciudad contará con la disciplina que ahora hemos omitido tan pronto como quiera ocuparse de ella.

 

TEXTO3C
(529a-531e)

-Es natural -dijo él-. Pero como hace poco me reprendías, ¡oh, Sócrates!, por alabar la astronomía en forma demasiado cargante, ahora lo voy a hacer desde el punto de vista en que tú la tratas. En efecto, me parece evidente para todos que ella obliga al alma a mirar hacia arriba y la lleva de las cosas de aquí a las de allá.


-Quizá -contesté- sea evidente para todos, pero no para mí. Porque yo no creo lo mismo.
-¿Pues qué crees? -dijo.
-Que, tal como la tratan hoy los que quieren elevarnos hasta su filosofia, lo que hace es obligar a mirar muy hacia abajo.
-¿Cómo dices? -preguntó.
-Que no es de mezquina de lo que peca, según yo creo -dije-, la idea que te formas sobre lo que es la disciplina referente a lo de arriba. Supongamos que una persona observara algo al contemplar, mirando hacia arriba, la decoración de un techo; tú pareces creer que este hombre contempla con la inteligencia y no con los ojos. Quizá seas tú el que juzgues rectamente y estúpidamente yo; pero, por mi parte,

no puedo creer que exista otra ciencia que haga al alma mirar hacia arriba sino aquella que versa sobre lo existente e invisible; pero, cuando es una de las cosas sensibles la que intenta conocer una persona, yo afirmo que, tanto si mira hacia arriba con la boca abierta como hacia abajo con ella cerrada, jamás la conocerá, porque ninguna de esas cosas es objeto de conocimiento, y su alma no mirará hacia lo alto, sino hacia abajo ni aun en el caso de que intente aprenderlas nadando boca arriba por la tierra o por el mar.

-Del modo siguiente -dije yo-: de estas tracerías con que está bordado el cielo hay que pensar que son, es verdad, lo más bello y perfecto que en su género existe; pero también que, por estar labradas en materia visible, desmerecen en mucho de sus contrapartidas verdaderas, es decir, de los movimientos con que, en relación la una con la otra y según el verdadero número y todas las verdaderas figuras, se mueven, moviendo a su vez lo que hay en ellas, la rapidez en sí y la lentitud en sí; movimientos que son perceptibles para la razón y el pensamiento, pero no para la vista. ¿O es que crees otra cosa ?
-En modo alguno -dijo.
-Pues bien -dije-, debemos servirnos de ese cielo recamado como de un ejemplo que nos facilite la comprensión de aquellas cosas, del mismo modo que si nos hubiésemos encontrado con unos dibujos exquisitamente trazados y trabajados por mano de Dédalo o de algún otro artista o pintor. En efecto, me figuro yo que cualquiera que entendiese de geometría reconocería, al ver una tal obra, que no la había mejor en cuanto a ejecución; pero consideraría absurdo el ponerse a estudiarla en serio con idea de encontrar en ella la verdad acerca de lo igual o de lo doble o de cualquier otra proporción.


-¿Cómo no va a ser absurdo? -dijo.
-Pues bien, al que sea realmente astrónomo -dije yo-, ¿no crees que le ocurrirá lo mismo cuando mire a los movimientos de los astros? Considerará, en efecto, que el artífice del cielo ha reunido, en él y en lo que hay en él, la mayor belleza que es posible reunir en semejantes obras; pero, en cuanto a la proporción de la noche con respecto al día y de éstos con respecto al mes y del mes con respecto al año y de los demás astros relacionados entre sí y con aquéllos, ¿no crees que tendrá por un ser extraño a quien opine que estas cosas ocurren siempre del mismo modo y que, aun teniendo cuerpos y siendo visibles, no varían jamás en lo más mínimo, e intente por todos los medios buscar la verdad sobre ello?


-Tal es mi opinión -contestó- ahora que te lo oigo decir.


-Entonces -dije yo- practicaremos la astronomía del mismo modo que la geometría, valiéndonos de problemas, y dejaremos las cosas del cielo si es que queremos tornar de inútil en útil, por medio de un verdadero trato con la astronomía, aquello que de inteligente hay por naturaleza en el alma.


-Verdaderamente -dijo- impones una tarea muchas veces mayor que la que ahora realizan los astrónomos.
-Y creo también -dije yo- que si para algo servimos en calidad de legisladores, nuestras prescripciones serán similares en otros aspectos.
-Pero ¿puedes recordarme alguna otra de las enseñanzas adecuadas?
-No puedo -dijo-, al menos así, de momento.
-Pues no es una sola -contesté-, sino muchas las formas que, en mi opinión, presenta el movimiento. Todas ellas las podría tal vez nombrar el que sea sabio; pero las que nos saltan a la vista incluso a nosotros son dos.
-¿Cuáles?
-Además de la citada -dije yo~, la que responde a ella.
-¿Cuál es ésa?
-Parece -dije- que, así como los ojos han sido constituidos para la astronomía, del mismo modo los oídos lo han sido con miras al movimiento armónico y estas ciencias son como hermanas entre sí, según dicen los pitagóricos, con los cuales, ¡oh, Glaucón!, estamos de acuerdo también nosotros. ¿O de qué otro modo opinamos?
-Así -dijo.
-Pues bien -dije yo-, como la labor es mucha, les preguntaremos a ellos qué opinan sobre esas cosas y quizá sobre otras; pero sin dejar nosotros de mantener constantemente nuestro principio
-¿Cuál?


Que aquellos a los que hemos de educar no vayan a emprender un estudio de estas cosas que resulte imperfecto o que no llegue infaliblemente al lugar a que es preciso que todo llegue, como decíamos hace poco de la astronomía. ¿O no sabes que también hacen otro tanto con la armonía? En efecto, se dedican a medir uno con otro los acordes y sonidos escuchados y así se toman, como los astrónomos, un trabajo inútil.


-Sí, por los dioses -dijo-, y también ridículo, pues hablan de no sé qué espesuras y aguzan los oídos como para cazar los ruidos del vecino, y, mientras los unos dicen que todavía oyen entremedias un sonido y que éste es el más pequeño intervalo que pueda darse, con arreglo al cual hay que medir, los otros sostienen, en cambio, que del mismo modo han sonado ya antes las cuerdas, y tanto unos como otros prefieren los oídos a la inteligencia.
-Pero tú te refieres -dije yo- a esas buenas gentes que dan guerra a las cuerdas y las torturan, retorciéndolas con las clavijas; en fin, dejaré esta imagen, que se alargaría demasiado si hablase de cómo golpean a las cuerdas con el plectro y las acusan y ellas niegan y desafían a su verdugo y diré que no hablaba de ésos, sino de aquellos a los que hace poco decíamos que íbamos a consultar acerca de la armonía. Pues éstos hacen lo mismo que los que se ocupan de astronomía.

En efecto, buscan números en los acordes percibidos por el oído; pero no se remontan a los problemas ni investigan qué números son concordes y cuáles no y por qué lo son los unos y no los otros.
-Es propia de un genio -dijo- la tarea de que hablas.
-Pero es un estudio útil -dije yo- para la investigación de lo bello y lo bueno, aunque inútil para quien lo practique con otras miras.


-Es natural -dijo.
-Y yo creo -dije-, con respecto al estudio de todas estas cosas que hemos enumerado, que, si se llega por medio de él a descubrir la comunidad y afinidad existentes entre una y otras y a colegir el aspecto en que son mutuamente afines, nos aportará alguno de los fines que perseguimos y nuestra labor no será inútil; pero en caso contrario lo será.
-Eso auguro yo también -dijo-. Pero es un enorme trabajo el que tú dices, ¡oh, Sócrates!

(531e-535a)
Sócrates comienza afirmando que todo lo dicho acerca de la matemática, la geometría, la sterometría y la astronomía no son otra cosa que el preludio de la auténtica melodía que hay que aprender: la dialéctica.

Sócrates compara la dialéctica con un viaje que el alma sirviéndose de la razón y, sin intervención de ningún sentido, se eleva hacia lo que es cada cosa en sí y, sin desistir en su análisis, llega a alcanzar, con el sólo auxilio de la inteligencia, lo que es el bien en sí. Al mismo tiempo, compara la dialéctica con un liberarse de unas cadenas ya que es quien permite volverse de las sombras hacia las imágenes y el fuego y ascender desde la caverna hasta el lugar iluminado por el sol y al poder mirar allí todavía a los animales ni a las plantas ni a la luz solar, sino únicamente a los reflejos divinos que se ven en las aguas y a las sombras de seres reales.

Afirma que estos últimos son los efectos que produce todo el estudio de las ciencias enumeradas anteriormente, las cuales permiten elevar a la mejor parte del alma hacia la contemplación del mejor de los seres, del mismo modo que antes elevaba a la parte más perspicaz del cuerpo (la vista) hacia la contemplación de lo más luminoso que existe en la región material y visible. Después de hacer referencia a los preludios de la melodía, Glaucón solicita a Sócrates que comience a estudiar a la melodía en sí.

Sócrates de modo tajante y un tanto rudo le dice que no tiene inconveniente pero que a Glaucón le va ser imposible el seguirlo.

De todos modos lo que sigue no es otra cosa que una recapitulación de lo ya dicho sobre la dialéctica en el libro VI. C

Comienza afirmando que la dialéctica es la única ciencia que puede marcar el camino hacia el conocimiento del bien en sí.

Argumenta que ello se debe a que todas las demás artes y disciplinas versan sobre opiniones y deseos de los hombres, y siempre dedicadas al cuidado de las cosas nacidas y fabricadas.

Por su parte, las más elevadas como la geometría o la astronomía no hacen más que soñar con lo que existe pero son incapaces de contemplarlo en vigilia mientras, valiéndose de hipótesis, dejan éstas intactas por no poder dar cuenta de ellas (circularidad).

Por lo tanto, el método dialéctico es el único que, echando abajo las hipótesis, se encamina hacia el principio mismo para pisar allí terreno firme; a su vez, permite que el ojo del alma, asumido en un bárbaro lodazal, pueda elevarse a las alturas, utilizando como auxiliares a las disciplinas anteriormente enumeradas ya que son algo más claras que la opinión aunque más oscuras que el conocimiento.

La dialéctica debe pasar por un proceso de comprobación, revisión y anulación, es decir, examina y anula (anairei) una hipótesis tras otra hasta que por fín llega a la idea de bien.

Sobre las ruinas de la primera hipótesis construimos otra nueva y mejor, que debe, a su vez, ser rigurosamente comprobada, examinada, y quizá también desechada antes de que pueda servir de trampolín y peldaño para llegar a otra más alta, más verdadera y mejor.

En el estadio final, que es un ideal, todas las hipótesis llegan a ser contrapartidas exactas de las ideas y así hemos llegado al principio o bien.

Sócrates realiza también, en relación con este estudio de la dialéctica, un breve resumen de lo establecido anteriormente en el simil de la linea y de la caverna.

Habla de los cuatro niveles del simil de la linea: conocimiento, pensamiento, creencia e imaginación.

Señala que estas dos últimas forman el mundo de la opinión y las dos primeras el mundo de la inteligencia.

Afirma que la opinión se refiere a la generación mientras que la inteligencia a la esencia.

Dice también que lo que es la esencia con relación a la generación lo es la inteligencia con relación a la opinión, el conocimiento con respecto a la creencia y el pensamiento con respecto a la imaginación.

Por último, Sócrates señala la necesidad de prescribir para la ciudad el que los jóvenes mejor dotados sean educados de modo particular en este método de la dialéctica de modo que sean capaces de preguntar y responder con la máxima competencia posible y todo ello basándose en la convicción de que la dialéctica es como una especie de remate de las demás disciplinas, y que no hay ninguna otra que pueda ser justamente colocada por encima de ella.

(531e-535a)

¿Te refieres al preludio -dije yo- o a qué otra cosa? ¿O es que no sabemos que todas estas cosas no son más que el preludio de la melodía que hay que aprender? Pues no creo que te parezca que los entendidos en estas cosas son dialécticos. 

-Entonces, ¡oh, Glaucón! -dije-, ¿no tenemos ya aquí la melodía misma que el arte dialéctico ejecuta? La cual, aun siendo inteligible, es imitada por la facultad de la vista, de la que decíamos que intentaba ya mirara los propios animales y luego a los propios astros y por fin, al mismo sol. E igualmente, cuando uno se vale de la dialéctica para intentar dirigirse, con ayuda de la razón y sin intervención de ningún sentido, hacia lo que es cada cosa en sí y cuando no desiste hasta alcanzar, con el solo auxilio de la inteligencia, lo que es el bien en sí, entonces llega ya al término mismo de la inteligible del mismo modo que aquél llegó entonces al de lo visible.


-Exactamente -dijo.


-¿Y qué? ¿No es este viaje lo que llamas dialéctica? -¿Cómo no?
-Y el liberarse de las cadenas -dije yo- y volverse de las sombras hacia las imágenes y el fuego y ascender desde la caverna hasta el lugar iluminado por el sol y no poder allí mirar todavía a los animales ni a las plantas ni a la luz solar, sino únicamente a los reflejos divinos que se ven en las aguas y a las sombras de seres reales, aunque no ya a las sombras de imágenes proyectadas por otra luz que, comparada con el sol, es semejante a ellas; he aquí los efectos que produce todo ese estudio de las ciencias que hemos enumerado, el cual eleva a la mejor parte del alma hacia la contemplación del mejor de los seres del mismo modo que antes elevaba a la parte más perspicaz del cuerpo hacia la contemplación de lo más luminoso que existe en la región material y visible.


-He aquí una cosa al menos -dije yo- que nadie podrá afirmar contra lo que decimos, y es que exista otro método que intente, en todo caso y con respecto a cada cosa en sí, aprehender de manera sistemática lo que es cada una de ellas.

Pues casi todas las demás artes versan o sobre las opiniones y deseos de los hombres o sobre los nacimientos y fabricaciones, o bien están dedicadas por entero al cuidado de las cosas nacidas y fabricadas. Y las restantes, de las que decíamos que aprehendían algo de lo que existe, es decir, la geometría y las que le siguen, ya vemos que no hacen más que soñar con lo que existe, pero que serán incapaces de contemplarlo en vigilia mientras, valiéndose de hipótesis, dejen éstas intactas por no poder dar cuenta de ellas.

En efecto, cuando el principio es lo que uno sabe y la conclusión y parte intermedia están entretejidas con lo que uno no conoce, ¿qué posibilidad existe de que una semejante concatenación llegue jamás a ser conocimiento?
-Ninguna -dijo.


-Entonces  -dije yo- mi método dialéctico es el único que, echando abajo las hipótesis, se encamina hacia el principio mismo para pisar allí terreno firme; y al ojo del alma, que está verdaderamente sumido en un bárbaro lodazal lo atrae con suavidad y lo eleva a las alturas, utilizando como auxiliares en esta labor de atracción a las artes hace poco enumeradas, que, aunque por rutina las hemos llamado muchas veces conocimientos, necesitan otro nombre que se pueda aplicar a algo más claro que la opinión, pero más oscuro que el conocimiento.


Bastará, pues -dije yo-, con llamar, lo mismo que antes,

a la primera parte, conocimiento;

a la segunda, pensamiento;

a la tercera, creencia,

e imaginación a la cuarta. Y a estas dos últimas juntas, opinión – La opinión se refiere a la generación

y a aquellas dos primeras juntas, inteligencia. La inteligencia se refiere a  a la esencia;

, y lo que es la esencia con relación a la generación, lo es la inteligencia con relación a la opinión, y lo que la inteligencia con respecto a la opinión, el conocimiento con respecto a la creencia y el pensamiento con respecto a la imaginación.


-Pues con el bien sucede lo mismo.

Si hay alguien que no pueda definir con el razonamiento la idea del bien separándola de todas las demás ni abrirse paso, como en una batalla, a través de todas las críticas, esforzándose por fundar sus pruebas no en la apariencia, sino en la esencia, ni llegar al término de todos estos obstáculos con su argumentación invicta, ¿no dirás, de quien es de ese modo, que no conoce el bien en sí ni ninguna otra cosa buena, sino que, aun en el caso de que tal vez alcance alguna imagen del bien, la alcanzará por medio de la opinión, pero no del conocimiento; y que en su paso por esta vida no hace más que soñar, sumido en un sopor de que no despertará en este mundo, pues antes ha de marchar al Hades para dormir allí un sueño absoluto?


-Sí, ¡por Zeus! -exclamó-; todo eso lo diré, y con todas mis fuerzas.
-Entonces, si algún día hubieras de educar en realidad a esos tus hijos imaginarios a quienes ahora educas e instruyes, no les permitirás, creo yo, que sean gobernantes de la ciudad ni dueños de lo más grande que haya en ella mientras estén privados de razón como líneas irracionales.
-No, en efecto -dijo.
-¿Les prescribirás, pues, que se apliquen particularmente a aquella enseñanza que les haga capaces de preguntar y responder con la máxima competencia posible?
-Se lo prescribiré -dijo-, pero de acuerdo contigo.
-¿Y no crees -dije yo- que tenemos la dialéctica en lo más alto, como una especie de remate de las demás enseñanzas, y que no hay ninguna otra disciplina que pueda ser justamente colocada por encima de ella, y que ha terminado y a lo referente a las enseñanzas?
-Sí que lo creo -dijo.

535 a – 541 b
Sócrates afirma que ahora toca designar a quiénes se han de dar las enseñanzas descritas y de qué manera se han de impartir.

Comienza recordando lo establecido en el libro III (412b y sigs.) acerca de la primera elección de los gobernantes destacando aquellas naturalezas más firmes y valientes… vivacidad para los estudios  (pues resulta que las almas flaquean mucho más en los estudios arduos que en los ejercicios gimnásticos). Por ello deberían ser personas memoriosas, infatigables y amantes de toda clase de trabajos. Según Sócrates el descrédito que en su tiempo tenía la filosofía se debía precisamente a que los que se acercaban a ella no son dignos de la misma. (no un alma lisiada no digna para recibir las enseñanzas que se han propuesto para aquellos que deberían gobernar la ciudad).

Templanza: vigilar este tipo de educación con el objeto de distinguir el bastardo del bien nacido. Por ello se ha de tener sumo cuidado con todo esto porque si se es capaz de educar a hombres bien dispuestos en cuerpo y alma entonces estaremos consiguiendo un buen reflejo del modelo ideal de justicia.

Ahora bien, ¿con qué grupos de edad comenzar la selección?

Números y de la geometría, predecesora de la dialéctica, hay que aplicarla a los mejor dotados cuando sean niños aunque huyendo del aprendizaje por medio de la fuerza ya que no hay ninguna disciplina que deba aprender el hombre libre por medio de la esclavitud.

Y es que el alma no conserva ningún conocimiento que haya penetrado en ella por la fuerza.

Instruir a los niños para que se eduquen jugando

A los que demuestren una mayor agilidad en estos menesteres es a los que habría que incluir dentro del primer grupo selecto.

Señala que la edad de selección debería coincidir al terminar el período de gimnasia obligatoria (los jovenes atenienses estaban sometido al servicio militar obligatorio entre los 18 y 20 años).

Despues de este período los elegidos entre los veintenarios obtendría mayores honras que los demás.

Además se procurará que los conocimientos adquiridos separadamente de todas las disciplinas que han estudiado comenzaran a percibirlas de modo unitario adquiriendo así una visión general de las relaciones que existen entre ellas y, también, con la naturaleza del ser.

Esto último nos ayudará a distinguir las naturalezas dialécticas de aquellas que no lo son. Porque el que tiene una visión de conjunto es dialéctico; pero el que no, ése no lo es.

Despues de separar las naturalezas dialécticas de las que no los son

nueva selección tan pronto como hubieran rebasado los 30 años:  para hacerles objetos de honores todavía más grandes investigando, por medio del poder dialéctico, quienes son capaces de encaminarse hacia el ser mismo en compañía de la verdad y sin ayuda de la vista ni de los demás sentidos.

Es ésta, sin embargo, una labor que requiere grandes precauciones, según Sócrates. Y es que, afirma Sócrates, la enseñanza de la dialéctica corre gran peligro desde el momento en que la educación que se recibe desde niños choca siempre con valores contradictorios. Por un lado recibimos educación sobre lo justo y lo honroso; sin embargo, por otro existen otras enseñanzas, prometedoras de placer, contrapuestas que adulan a nuestra alma e intentan atraerla hacia sí. Pues bien, señala Sócrates, supongamos que una persona así educada en tales valores contrapuestos se le interroga y se pregunta acerca de que es, por ejemplo, lo honroso, y, al responder él lo que ha oído decir a unos, alguien le refuta sus argumentos, le hace dudar de lo que está diciendo y le lleva a pensar que aquello no es más honroso que deshonroso y que ocurre lo mismo con lo justo y lo bueno y todas las cosas por las que sentía la mayor devoción. ¿Qué sucederá- se pregunta Sócrates- en estos casos?. Parece evidente- responde- que de obediente para con las leyes se vuelva rebelde y despreciador de las mismas. Pues bien, con el objeto de hacer frente a esta posibilidad habría que lograr –según Sócrates- que los treintañales procediesen con la máxima precaución y seriedad al estudio de la dialéctica.

En este contexto plantea la necesidad de que no gusten de la dialéctica mientras son jovenes porque cuando uno es adolescente se usa de los argumentos como si de un juego se tratase y así, a imitación de quienes les confunden, ellos a su vez refutan a otros y gozan de ello.

Por ello es preferible que sean ya adultos los que comiencen, despues de pasar por los otros estudios, los que se dediquen con seriedad al arte de la dialéctica con el objeto de investigar la verdad y no de divertirse como si de un juego se tratara.

En este contexto, Sócrates propone que los adultos treintañeros comiencen practicar a esa edad la dialéctica con el mismo ahínco que antes habían puestos en los ejercicios corporales.

Propone que tales estudios dialécticos abarquen un período de 5 años.

Pasados los mismos tendrían que bajar de nuevo a la caverna obligándolos a ocupar los cargos relacionados a la guerra y otros menesteres.

Deberían ser probados también en estos cargos para ver si se van a mantener firmes cuando se intente arrastrarles en todas direcciones o sí se moverían algo. Este período de prueba –ya dentro de la caverna- ejerciendo sus cargos debería durar un período de 15 años.


Una vez que hayan llegado a cincuentenarios, a los que hayan sobrevivido y descollado siempre y por todos los conceptos en la práctica y en el estudio hay que conducirlos ya hasta el fín y obligarles a elevar el ojo de su alma y mirar de frente a lo que proporciona luz para todos. Cuando hayan visto el bien en sí, se servirán de él como modelo durante el resto de su vida, en que gobernarán, cada cual en su día, tanto a la ciudad como a los particulares en sí mismos; pues aunque dediquen la mayor parte del tiempo a la filosofía, tendrán que cargar, cuando les llegué su vez, con el peso de los asuntos políticos.

Finalmente, después de ser reemplazados por sucesores tan bien formados como ellos, se irán a morar en las islas de los bienaventurados y la ciudad les dedicará monumentos y sacrificios públicos honrándoles como a demones si lo aprueba asi la pitonisa, y si no, como seres beatos y divinos.

Pero –afirma tambien Sócrates- no solamente serán los gobernantes sino las gobernantas las que puedan encargarse de los asuntos de la ciudad y ser honradas por ella. Entre las mujeres guerreras mejor dotadas se escogerán también, del mismo modo que a los hombres, a las mejor capacitadas para la dialéctica y para gobernar.

Sócrates finaliza el libro VII señalando estar convencido de que todo lo que lleva dicho hasta ahora sobre la ciudad no es una mera quimera. Reconoce que es difícil llevarla a cabo pero no irrealizable. Para ello, sin embargo, tiene que haber en la ciudad uno o varios gobernantes /as que, siendo verdaderos filósofos/as, desprecien las honras de ahora, por considerarlas indignas, y, en su lugar, tengan la mayor estima por lo recto y las honras que de ello derivan. Además, sobre la base de la idea de lo justo, es como deben organizar la ciudad.

Para ello, enviarán al campo a todos cuantos mayores de 10 años haya en la ciudad y se harán cargo de los hijos de estos, subtrayéndolos a las costumbres de sus mayores, para educarlos de acuerdo con sus propias costumbres y leyes. Ello será el comienzo de la más feliz y beneficiosa de las ciudades existentes hasta el momento.

Glaucón dice estar conforme con todo lo dicho y que ha entendido muy bien todo lo que Sócrates ha dicho acerca de la ciudad y su funcionamiento. Lo que no tiene claro –señala- es si alguna vez llega a realizarse en la práctica.  El libro VII finaliza señalando que sobre estas cuestiones relacionadas con la ciudad justa y su gobierno todo está terminado.

Crédito a la fuente: http://www.paginasobrefilosofia.com/html/repu7.html

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